Segundas vacaciones con Roberto Bolaño


La primera vez fue en el dos mil ocho cuando partimos con Patricia hacia Misiones para no morir sin haber visto las cataratas del Iguazú. Pero mi principal interés entonces era entrarle a Los Detectives salvajes, un texto que se me imponía como necesario. Me costó hallarlo. Unos días antes de viajar recorrí casi todas las librerías de Corrientes y cada vez que preguntaba por el libro me respondían lo mismo: estaba agotado. Pensaba que iba a ser una temporada baja entonces. Hasta que fui a la casa de mi primo en Ciudad Evita para pedirle prestada una carpa, una mochila y una bolsa de dormir. Cuando entré a su pieza una gran sorpresa me esperaba: el tipo tenía el libro, ese libro que yo anduve rastreando como un poseso sin suerte, sobre su mesita de luz. Las casualidades no existen, me dijo una vez un albañil para el que trabajaba: el que habla de casualidad comete un error de interpretación. Lo veía reluciente, como si fuera recién comprado, esperando que alguno le pusiera los ojos encima y se produciera ese extraño fenómeno tan familiar y a la vez excepcional llamado lectura. Hay en el acto de abrir un libro algo de incertidumbre, de riesgo que uno emprende sin reparar en las consecuencias que acarrea meterse en otros mundos. Tapa roja con una ilustración de tres hombres trajeados, que parecían salidos de una película de Tarantino, caminando por una playa, observando a su alrededor. Buscando algo. Al igual que yo. Solo que en mi caso ya me encontraba frente a mi presa.

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